Cazadores y recolectores
El documentalismo es, probablemente, uno de los géneros con más desarrollo a lo largo de la historia de la fotografía.
Tendría que empezar definiendo qué entendemos por fotografía documental: se trata de un género fotográfico que, a partir de una investigación previa más o menos profunda, retrata una realidad social, natural, cultural, etc. Tiene puntos de conexión con el fotoperiodismo, claro, pero la principal diferencia es no hallarse tan ligado a la actualidad, al aquí y al ahora, ni estar destinado principalmente a la publicación en los medios de información. El documentalismo tiene un ritmo de desarrollo más lento y tampoco está adscrito necesariamente a la novedad: cualquier tema que interese al autor puede ser objeto de un trabajo documental.
Pero por esa conexión del documentalismo con lo que ocurre, a medida que la sociedad ha evolucionado, también han ido cambiando los principios sobre los que opera. De manera simplificada, podría distinguir tres grandes “fases”, a falta de un término mejor.
Los orígenes: la denuncia social
Los primeros documentalistas querían generar conciencia en la sociedad, denunciar situaciones injustas. Cambiar el mundo mediante la fotografía. Ya a finales del siglo XIX hay ejemplos, entre los que destaca sobre todo Jacob Riis, un policía de origen danés emigrado a EE.UU. que, con su libro How the Other Half Lives de 1890, denunció las condiciones de vida en los barrios marginales de Nueva York. Incluso el presidente Teddy Roosevelt (que había sido jefe de policía en la ciudad) se interesó por el trabajo, que, efectivamente, provocó reformas a nivel nacional.
Riis fue un pionero al que siguieron otros como Lewis Hine, que sobre todo se preocupó por el trabajo infantil y las condiciones de los inmigrantes. O el proyecto fotográfico que encargó la FSA tras el crack del 29 para retratar la difícil situación del medio rural. Estamos hablando de gente como Walker Evans o Dorothea Lange. Y sí, podría poner esa foto, pero es que me gusta más esta:
Dorothea Lange, de la serie Migrant Mother (Florence Owens Thompson y dos de sus hijos). 1936. Museo de Oakland, via Wikimedia Commons. Imagen en dominio público.
La característica fundamental de este primer documentalismo era el realismo. La estética importaba, claro, pero lo esencial era mostrar lo que estaba pasando sin intervenir en ello.
A estas alturas seguro que te estás preguntando por qué este artículo se titula “cazadores y recolectores”. Aguanta un poco, que todo llega.
New Documents cambia las reglas del juego
1967. El director del Departamento de Fotografía del MoMA, John Szarkowski, el hombre con mejor ojo clínico del siglo XX y el único al que le quedaba bien un mostacho, organiza la exposición New Documents, donde presenta el trabajo de tres jóvenes fotógrafos que buscan no tanto cambiar el mundo como observarlo. Hablamos de Diane Arbus, Lee Friedlander y Garry Winogrand, poco conocidos entonces, leyendas hoy. Fue una exposición no exenta de polémica, porque no se entendió bien ese cambio de enfoque desde la crítica social hacia lo… ¿cotidiano? ¿banal?
El melón ya se había abierto con la publicación en 1958 del legendario libro The Americans, de Robert Frank, que levantó ampollas en un principio por considerar algunos que desvirtuaba con sus imágenes los “verdaderos valores norteamericanos” (jeje). La exposición del MoMA acabó de liberar al documentalismo de su atadura a la crítica social y abrirlo a enfoques más subjetivos, donde cabía todo: ironía, violencia, intimismo…
A partir de los años 70 vemos, por tanto, otro tipo de trabajos basados en lo mundano, como hacen Stephen Shore y William Eggleston, o incluso lo íntimo, como Nan Goldin. Esta tendencia no se limita a EE.UU., naturalmente: el Grupo Provoke en Japón, Martin Parr en Reino Unido, Cristina García-Rodero o los autores detrás de AFAL en España…
Pues bien, todos los fotógrafos citados hasta ahora en este artículo son ejemplos de cazadores, según la definición atribuida a Jeff Wall y recogida en el libro The Photograph as Contemporary Art, de Charlotte Cotton. Wall enfrenta dos maneras de fotografiar: frente a los fotógrafos que se encuentran una escena que les interesa y la capturan, como un cazador da con una presa, están los recolectores, que, como granjeros, siembran antes para cosechar después (hunters and farmers en el original).
Y, en términos fotográficos, ¿qué quiere decir ser un recolector?
Pues se trata de un documentalismo que interviene la escena. La piensa, la organiza, la prepara. Ya a mediados del siglo XX empezaron a surgir voces que discutían la supuesta objetividad del fotógrafo. ¿Acaso no elige de qué quiere hablar? ¿Acaso no encuadra ciertas escenas dejando fuera otras? ¿No busca una luz concreta? ¿Eso no es ya una manera de intervenir la realidad?
En mi opinión, indudablemente. Para mí, desde el momento en que hay un ser humano manejando la cámara, no puede haber objetividad. Que sí, que entiendo lo de la mirada aséptica, bla, bla, bla, pero la fotografía es subjetiva, y de esta trinchera no me sacarán ni Bernd y Hilla Becher ni la Escuela de Düsseldorf en pleno.
El nuevo documentalismo: entre la realidad y la expresión artística
El siglo XXI recoge ese testigo y da otro paso hacia la subjetividad con la intervención activa de la escena como un elemento expresivo más para construir imágenes. También pone sobre la mesa cuestiones que hace cincuenta años ni se planteaban. Por ejemplo: cuando se fotografía a una persona en situación difícil (un indigente, un enfermo mental…) ¿se está estetizando su sufrimiento? ¿Es un abuso de poder desde nuestra privilegiada atalaya? Ojo: yo misma me lo pregunto a menudo cuando viajo. Y eso que suelo pedir permiso, me acerco, saludo y pregunto. Y si la persona no quiere foto no hago foto. Pero ¿hay realmente una relación de igualdad? ¿Un consentimiento real? Creo que no.
En tercer lugar, el nuevo documentalismo presenta también una aproximación “mixta” entre fotografiar la realidad y aportar explícitamente a ella algo del propio fotógrafo. Su orientación sexual, sus preocupaciones íntimas, su historia familiar… Podría decirse que estamos ante un híbrido entre el ello y el yo.
Por todo esto, los fotógrafos adscritos al nuevo documentalismo son recolectores en estado puro o casi. Construyen escenas artificiales para hablar de los problemas reales que les interesan, y tiran de todos los recursos tanto técnicos como expresivos a su disposición para crear sus obras. Eso hace que sea especialmente complicado acotar qué es documentalismo hoy y qué no. Las escenificaciones de Jeff Wall, por ejemplo. Las de Alec Soth o Rob Hornstra. O Gregory Crewdson, con sus inquietantes escenas cuasi cinematográficas ¿Es documentalismo o arte?
Tampoco es que lo documental y lo artístico sean conceptos excluyentes, ni mucho menos. Pero a mí, y esto es opinión un poco a contracorriente, me cuesta separar el documentalismo de la autenticidad. En el momento en que hay una construcción de una escena artificial, por mucho que el autor la realice para hablar de una realidad, me parece que se aleja de la fotografía documental y se acerca a la fotografía artística. Asumo, por tanto, la definición clásica de documentalismo.
Claro que yo soy una cazadora de manual, de esas que salen con lanza y garrote a ver si cae un elefante. Si evoluciono, será para cambiar el garrote por un trípode ligero. Como mucho.
Notas:
La imagen de inicio se ha generado con Sora IA.
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