Fotógrafos que no hacen fotos

Absurdo, ¿verdad? Si a cualquiera nos dicen la palabra «fotógrafo», se nos vendrá a la cabeza la imagen de una persona con una cámara en la mano. Un fotógrafo hace fotos. Punto.

¿O no?

Citando a mi adorado Joan Fontcuberta, vivimos en la era postfotográfica, sumergidos en una «avalancha de imágenes»; un tiempo en que la naturaleza de la fotografía ha mutado de medio de representación a mensaje, porque nos comunicamos mediante imágenes. Esa nueva cualidad que la imagen ha adquirido, y gracias especialmente a los móviles con cámara, Internet y las redes sociales, provoca que generemos constantemente fotos y más fotos, la mayoría de las cuales permanecen en el limbo digital (¿cuántas fotos guardas en tu teléfono?) sin que vuelvan a ser miradas. Y ser mirada, al fin y al cabo, es el propósito último de una fotografía.

En 2011, hace una eternidad, Fontcuberta expuso su «manifiesto postfotográfico», que luego vería la luz después en forma de libro con el título La furia de las imágenes. En él, Fontcuberta, fiel a su estilo provocador, afirma que no hace falta hacer más fotos: «el fotógrafo ya no tiene que producir obra, sino prescribir sentido. Se confunde con el curador, el coleccionista… cualquier faceta artística es autoral. Se impone una ecología de lo visual que alentará el reciclaje, por lo que se deslegitimará lo original y las prácticas apropiacionistas quedarán normalizadas».

Vaya por delante que no he guardado mi cámara en un cajón ni estoy de acuerdo con él en que no tenga sentido hacer más fotos, pero sí suscribo la idea de que, al final, ya está todo fotografiado.

Muchos artistas han optado por este camino del reciclaje de fotografías existentes en vez de crear imágenes nuevas. No es un fenómeno reciente: ya las vanguardias de principios del siglo XX, especialmente dadaístas, cubistas y el constructivismo soviético (Rodchenko &co), utilizaron el collage y el fotomontaje fotográfico como técnica artística. El pop-art, con artistas como Richard Hamilton o Eduardo Paolozzi tomó el testigo, y así, en cada década del siglo XX y lo que llevamos de XXI encontramos, una y otra vez, exponentes de la apropiación de fotografía pre-existente.

Entonces, los que trabajan con fotografías, ¿son tan fotógrafos como los que las realizan? ¿O han de ser denominados «artistas visuales» y dejar el término fotógrafo solo para los que crean fotografía?

Igual que el debate sobre qué es fotografía y qué no, volvemos a una discusión estéril. El arte desafía las etiquetas y las definiciones estrictas, y, precisamente por ser arte, cuestiona cualquier intento reduccionista. Para mí todo es fotografía y todos son fotógrafos: desde el que trabaja con técnicas del siglo XIX como Sally Mann, con cámara gran formato como Alec Soth, con compactas como Daido Moriyama o sin cámara como Alison Rossiter y su película caducada.

O con imágenes de otros, como el recorrido que hago a continuación, distinguiendo tres «categorías» solo por dar un poco de estructura a esta entrada.

Fotógrafos del found footage

Se trata de artistas que recogen y manipulan positivos de otros. Muchas veces su trabajo implica refotografiar la composición, o bien digitalizarla o incluso presentarla como una instalación. Comenzamos con una heredera reivindicativa del pop-art, Martha Rosler, que entre 1967 y 1972 creó House Beautiful: Bringing the War Home como protesta contra la guerra de Vietnam. La contraposición de imágenes de «casas de revista» con fotos de la guerra causa una incomodidad tan vigente hoy como cuando se hicieron.

En la misma línea se articula gran parte del trabajo del dúo Adam Broomberg y Oliver Chanarin, como War Primer 2 (2011), o, especialmente, The Holy Bible (2013), en el que pegaron fotografías bélicas sobre páginas de la biblia.

También reivindicativo es el trabajo de la brasileña Rosângela Rennó, que se encontró una maleta (siempre hay una maleta, ¿verdad, Joan?) con fotos identificativas de miles de trabajadores que habían participado en la construcción de Brasilia. Imemorial (1994) recuerda la durísima vida de aquellos obreros, incluidos los que murieron durante la obra y fueron enterrados en los mismos cimientos de los edificios que levantaban.

Kensuke Koike construye poemas visuales con cúter y adhesivo. Recorta y recoloca piezas de fotos que encuentra en mercadillos con precisión quirúrgica, sin añadir ni quitar nada nunca, y las convierte en imágenes hipnóticas, a veces simpáticas, otras veces algo perturbadoras.

Joachim Schmid, en Archiv (1986-1999) también utiliza fotos de desconocidos, como Koike, pero les da un tratamiento totalmente opuesto: las recopila, las ordena y las clasifica por similitud visual sin hacer modificación alguna. Su propósito es reflexionar sobre la homogeneidad de la producción fotográfica utilitaria, lo que se llama la fotografía vernácula.

Y termino esta sección con un trabajo profundamente personal, en el que las fotos antiguas no son de desconocidos sino del archivo familiar. Yolanda (2014) de Ignacio Navas, surge al ver una foto de su bautizo en el que le sostiene una mujer a la que no conoce. Es Yolanda, la pareja de su tío Gabriel, que morirá de sida apenas unos años más tarde. El trabajo, publicado como fanzine, ilustra la obsesión de Navas por darle identidad a Yolanda y, con ello, construir un recuerdo que le falta.

Internet y el mundo digital

Está claro que la fotografía digital e Internet han puesto al alcance de nuestros teclados TODAS las fotos, algo que da pie a reflexionar, precisamente, sobre ese «exceso y acceso» que definen la postfotografía. Es imprescindible comenzar citando al precursor: Erik Kessels y sus 24 hours in photos (2011), una instalación con 350.000 fotografías que fueron subidas a Internet en 24h y que Kessels imprimió para inundar, literalmente, el espacio. Si hay un trabajo que describe visualmente la postfotografía, es ese.

En lo que llevamos de siglo XXI, sin duda, la apropiación y resignificación de imágenes digitales están muy arriba de la producción fotográfica artística. Ahí andan Penelope Umbrico y sus archivonocidos Suns from Sunsets from Flickr(2006) o Corinne Vionnet con las Photo Opportunities (2005-en progreso). El trabajo de Vionnet me fascina, tanto, que el año pasado le hicimos un humilde homenaje en un trabajo de la uni, que yo quería titular nos merecemos la extinción, pero mis compañeros, con buen criterio, optaron por otro:

Lempuyangx10. J.Calle, A.Cano, A.López

Si comparas esta superposición de diez fotos sacadas de Instagram con los montajes de Vionnet verás una diferencia fundamental: en nuestra composición, el monumento, llamado popularmente Gates of Heaven y situado en Bali, está prácticamente nítido, mientras que solo se desdibujan las personas situadas en su centro. Esto ocurre porque la foto se realiza siempre exactamente desde el mismo sitio y con el mismo encuadre. De hecho, se ha creado una pequeña industria alrededor del lugar en cuestión donde el turista madruga, viaja 2h hasta la ubicación del templo (que no se puede visitar), saca turno por un módico precio, espera varias horas, cuando le toca entrega su móvil a un personaje cómodamente sentado bajo una sombrilla, y tiene exactamente dos minutos para posar mientras le sacan fotos. El espejo colocado bajo el móvil para simular el reflejo de un agua inexistente va incluido en el precio.

Todos contentos: el balinés hace caja y el turista publica en su red social «una foto única en un lugar mágico».

Vale.

Después de este pequeño inciso que no he podido evitar compartir, seguimos en las redes sociales con Marc Adelman, que expuso en el Jewish Museum de Nueva York su obra Stelen (2012). Se trata de una serie de 150 retratos con las fotos de perfil de usuarios de la red de contactos queer GayRomeo, todas ellas sacadas en el Denkmal für die ermordeten Juden Europas de Berlín. La serie tuvo que ser retirada por las protestas de algunos hombres que se reconocieron en las fotos y vieron invadida su privacidad.

Ese problema no lo tuvieron Eva y Franco Mattes en 2021 cuando crearon la video instalación Hannah Uncut a partir del contenido del móvil de una mujer, la tal Hannah, que se lo vendió a los artistas sabiendo que ellos compartirían todo su contenido sin filtro (de ahí lo de uncut).

Lógicamente hay que citar a Joan Fontcuberta, que, además de teórico es un magnífico artista. En su trabajo Googlegramas (2005) compuso mosaicos que reproducen fotografías muy conocidas a partir de otras fotografías que encontró usando términos de búsqueda muy concretos en Google. Por ejemplo, la que reproduce el choque del segundo avión en las Torres Gemelas se obtuvo con las palabras «Dios», «Yahvé» y «Allah». El aluvión de imágenes devueltas lo pasó por un software gratuito de fotomosaico y voilà.

También búsquedas, estas en aplicaciones específicas de Google, les llevó a Mishka Henner y a Doug Rickard a crear, respectivamente, las obras Dutch Landscapes (2011) y A New American Picture (2010). Si el primero recurrió a Google Earth para mostrar cómo el gobierno holandés «oculta» ubicaciones militares o ligadas a la seguridad nacional bajo coloridas formas geométricas, el segundo, que, por cierto, además de fotógrafo es el fundador de la influyente American Suburb X, usó la cámara de Google Street View para retratar la América profunda, la de las ciudades de pequeño tamaño o los barrios periféricos. Fotografía de calle sin salir de casa, donde la intención es, precisamente, la falta de intención de la cámara de Google. En mi humilde opinión, un trabajazo.

Pero hay vida más allá de Internet, concretamente, hay vida en la PlayStation. Sí, termino este bloque con Postcards from Home (2015), del catalán Roc Herms, una colección de imágenes de una realidad que no existe. O sí.

Y ahora la IA

Es el último capítulo, de momento. Fotógrafos que generan imagen sintética a partir de prompts. Y, claro, he aquí otra vez mi querido Joan Fontcuberta: De rerum natura (2024) es un trabajo que vi expuesto junto a eHerbarium hace algún tiempo. En este segundo revisita su propio trabajo de los años 80 en que reproducía las icónicas fotografías botánicas de Karl Blossfeldt utilizando material de desecho y que ahora salen de un algoritmo. Pero el más interesante es el primero: utiliza descripciones de especies botánicas descubiertas en Las Indias tal y como las escribió el naturalista y misionero Bernabé Cobo en el siglo XVII como prompt para generar una imagen de dichas especies. Las fotos, además de bellísimas, esconden una circularidad que trasciende el tiempo: igual que las plantas y animales encontrados en América provocaron asombro en los expedicionarios españoles hace cuatro siglos, hoy quedamos fascinados por las capacidades de una nueva tecnología que solo estamos empezando a arañar.

También de flores va Latent Bloom (2020) de Jack Latham, una generación de imágenes a partir del deep learning de un algoritmo usando fotos de flores reales como entrada. Y cómo olvidar el Book of Veles (2021) de Jonas Bendiksen, generado casi íntegramente con IA y que circuló ampliamente sin que nadie lo detectara.

En conclusión

Este es un pequeño, pequeñísimo barrido de obras artísticas que demuestran que el concepto «fotografía» es tan elástico como queramos que sea. Al final, las personas usamos las herramientas de las que disponemos para expresarnos, sea pigmento rojo en la mano para dejar una huella en la pared de una cueva, o un sistema de inteligencia artificial que sintetice imágenes fotorrealistas siguiendo nuestras instrucciones. No es la herramienta la que define la obra, es la intención. Tener algo que contar.

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